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El pasado dormido

Hilario Bravo   
Flamming Juin, hacia 1895 Frederic Leighton

 

El silencio de los hermosos valles y frondas, sí, ya perdidos, cuya paz y misterio era sólo rota por el callado paso de unos penitentes que portan estandartes en procesión.

La magia vegetal de los bosques, el sentimiento feérico de la vida y su sorprendente atemporalidad, la maravilla de las enredaderas de rosales silvestres. La venganza del arte sobre la muerte, que no sobre la vida, como afirmaba el ensayista francés Robert de la Sizeranne (1866 – 1932).

Y, sobre todo ello, como tema de la muestra, el sueño. El encantamiento del sueño eterno roto por el beso de la pintura. Un sueño como referencia al inconsciente, el alejamiento de la realidad, el ensueño y, tal vez, la misma muerte. Alegoría de la hibernación, la inconsciencia y la regeneración simbolizadas en todos y en cada uno de los personajes, en sus vestidos y sus colores, en los objetos y en la naturaleza que les rodea.

Visión tan escrupulosa como obsesiva en la observación de esa naturaleza y sus detalles, la Hermandad Prerrafaelita escogía cada objeto por su simbolismo, diseñándolos explícitamente, si era preciso. Cada planta, cada flor: lirios, nomeolvides, orquídeas, aguileñas, etc. se pueden identificar por sí mismas y por su variedad. Y es que, cada personaje, cada vestido, todo abalorio, instrumento u objeto cualquiera, es una pista, un símbolo, una metáfora que refuerza el tema y poetizan su narración. Aquella época en la que los objetos tenían adscritos un símbolo, un sentimiento, una pasión... y no un IVA.

Una hermosa exposición que se antoja como la belleza del musgo naciente sobre las lápidas que fueron incendiadas por las Academias, sedes del olvido, y que posa, sobre las sienes del alma, los laureles de una gloria que únicamente existe en el pasado y que deja entre sus manos la rosa detonada de la vida. Y, suspendido en el aire, aromas de frasco abierto de sosiego y una incierta melodía, casi ausente, embriagadora y suicida como un sorbo de láudano.

Diez pinturas y siete dibujos que defienden la postura de la sinceridad, y seriedad del arte anterior a Rafael y que, por lo tanto, combatía el manierismo que el arte posterior introdujo en las Academia y todo lo que fuera superfluo, presuntuoso o convencional. "Dirigirse a la naturaleza con toda la honradez del corazón" como exhortó John Ruskin (1819 – 1900), mentor del grupo, en su "Modern Painters".

Pero si alguna obra destaca por su absoluta rotundidad y presencia –como resaltaría un tan hipotético como voluptuoso incendio en la noche mediterránea— es la Frederic Leighton (1830 - 1896) titulada Sol ardiente de Junio, 1895. Un sol no visible en el cuadro, pero que se hace patente en el estallido naranja de las gasas, transparentes como los velos de la muerte, pero sensuales como el cuerpo de la modelo Mary Lloyd que las viste.

Parece ser que el desencadenante de la obra fue la postura de descanso de una modelo exhausta y con un cuerpo tan flexible, como rotundo en su belleza. Leighton –atento al más mínimo soplo de aire— trazó los primeros apuntes hasta que consiguió, inspirándose en La Noche, de Miguel Ángel, transmitirnos este poema al reposo hecho color.

Absoluta llamarada naranja, potenciada por el cobertor granza sobre el que descansa y por el rojo de la adelfa –que acentúa el tempus fugit— y que asoma por la balconada que da a un mar luminoso de reflejos del sol. Un mar, corona refulgente del día, que nos da la única nota de impasto de la obra, tratada toda ella con fluido, resuelto y delicado pincel, especialmente en las gasas, transparencias y carnaciones.

Uno podría quedarse para siempre frente a este sol, ante el que desfilan, en esta tarde de lluvia madrileña, tres nínfulas primaverales, una pareja de amantes asidos de las manos, un artista desconcertado, un anciano cuyos ojos tratan de absorber una lágrima taciturna y una divorciada melancólica. Y, como los anacoretas, reflexionar sobre el paso de la vida.

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