Eugenesia musical |
He hablado en ocasiones de las diferentes premisas y condiciones que se pueden dar a la hora de conocer música nueva. A veces se convierten en factores determinantes en la relación que establece uno mismo con esa música: circunstancias, procedencia, influencia…pero hasta ahora no había nombrado la que, hasta el momento, más me ha nutrido a mí de novedades y descubrimiento: la Biblioteca Pública. Lo bueno de emprender este camino de búsqueda es que al estar solo ante la inmensidad de música desconocida, casi no hay prejuicios que coarten los diferentes caminos que se pueden tomar. Así conocí a René Aubry. Sin tabús, sin intenciones de seguir la línea evolutiva de ningún estilo. Al azar. Y me alegro que fuera así.
El disco en cuestión, Plaisirs d’Amour, de 1998, es un álbum en la línea de los aquí propuestos. Está lleno de retratos sonoros, ambientaciones para la reflexión interna, pero sin pretensión de abrumar con ideas o pensamientos musicales complejos, tan habituales a la hora de hacer este tipo de música consonante; nada más lejos, simplemente la escucha reposada, por sí sola, recrea el paisaje perfecto para que cada uno le atribuya las características que le sean más apropiadas. Tal es el caso de dos piezas en concreto: La petite Cascade y La Grande Cascade. Lejos de pasar de la intención narrativa hacia el discurso programático, se mantiene en una sugerencia, algo así como si los trazos de los pinceles de Monet o Renoir estuvieran reflejando la caída del agua. Y creo el retrato de la música es digno de la comparación. El comentado disco, que se encontraba en la estantería de música contemporánea, me atrajo por su llamativa portada, que luego resultó ser explícita respecto a la música que contenía. La plasticidad que refleja la bella ilustración se plasma en el delicado sonido de la guitarra, evocadora y, por momentos, insinuante. Y es que, al margen de que como compositor tenga un talento innato para la simplicidad y la elegancia, esas cualidades se ven reflejadas en su interpretación, que más allá del virtuosismo expresado con la guitarra se expande hacia otros campos sonoros, tan dispares como la armónica, la percusión, o el piano, con el cual establece el siempre recurrente toque minimalista, tan preciso y útil para este tipo de ambientación, pero casi sin hacerse notar: melodías simples y elementos rítmicos que recuerdan una intención estilística, pero sin ánimo de encasillar esta sonoridad bajo yugo estilístico alguno. La intervención de la trompeta se remite a un equilibrio entre lo circense y lo macabro de la pieza Prima Donna, y la del violín a un lirismo, que sin ser recargado y forzado, ataca la fibra sensible con una sensualidad liviana, hecho que ocurre a lo largo de la mayoría de las piezas.
Después de sorprenderme gratamente, y volver a escuchar el disco otros cuantos cientos de veces, olvidé un poco tanto el disco como al compositor, en el afán de buscar nuevas sonoridades y en la desgracia de no encontrar información o alguna otra reseña discográfica. Un día cualquiera, buscando por la red de redes me volvió a aparecer el genio francés, como la anterior vez, de la nada, por casualidad. Y otra vez para mi agradable sorpresa, descubrí que era autor de catorce álbumes, en un periodo comprendido entre 1988 y 2008, a la vez que compositor de música para danza. Y es que a veces tenemos tan a mano las cosas que no nos damos cuenta del valor que tiene. Solo hay que dar con el botón justo en el momento idóneo para que lo que a priori pasa desapercibido se convierta en valor imprescindible. Yo, de momento, continúo acudiendo fielmente a la cita para ver si me llevo otra sorpresa. Todas las entregasJavier Jiménez Rolo
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