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Eugenesia musical. Blogothèque

Si el otro día hablaba de un método arcaico a la hora de conocer nueva música (bucear en la colección de discos de la biblioeteca), hoy quería comentar un novedoso paso en la apasionante aventura de la evolución de la industria musical, un elemento que aporta una vuelta de tuerca más en el engranaje de la lucha contra los sonidos indiferentes y despersonalizados de las radio fórmulas. Se llama Blogothèque.

Repasando un poco la historia de siempre, pero esta vez con Internet como medio, y en un increíblemente breve intervalo de tiempo, la música volvió a verse en medio de momentos convulsos en que sus cimientos se tambaleaban; hace no mucho tiempo, sufrió un proceso de democratización, gracias a MySpace y demás páginas personales, blogs y foros, novedosos en su momento por el acercamiento entre el músico y el oyente. Este hecho suponía la caída del virtual muro de la industria musical, pues ya no era necesario conseguir la música a través de los habituales formatos, es más, no hacía falta ni comprarla, si el grupo así lo decidía. Eso derivó en que algunas formaciones (en su mayor parte noveles) sin publicación alguna en el mercado, encontraran el éxito saltándose el antiguo trámite del paso por el aro. Simplemente, si tenías unas canciones, las subías a tu página y el que quisiera las escuchaba. En ese momento, teniendo calidad, sabiendo transmitirla, y sabiendo explotar el novedoso medio – lo cual supuso casi una segunda revolución, al exprimir todos los recursos de estos espacios, convirtiéndolos en una mezcla de webs gratuitas para los grupos y un experimento primigenio de red social para músicos– cualquier grupo llenaba desde pequeños bares a salas de conciertos, únicamente por saber transmitir a través de otra vía de comunicación diferente a la habitual. A través del “boca a boca”, y por los medios habituales del “grupo del amigo de un amigo”, etc., la industria caía en el deja vù del que nunca ha salido del todo: las grandes campañas de marketing sucumbían ante la constante vuelta a la época de la maqueta, la grabación casera y la transmisión entre el círculo cercano. De nuevo, David se cargaba a Goliat.

Con lo cual, la respuesta que cabía esperar, se dio sin perder un segundo. Las grandes discográficas introdujeron sus grupos en estos foros y se apoderaron de este vehículo de trasmisión, convirtiéndolo en mercado y creando la necesidad de buscar otro medio que permitiera la lucha subversiva contra la tiranía de la música de masas, con la explosión de las emisoras tipo Rockola, Lastfm.com o Spotify, que sin dejar de ser meros filtros (por el dinero que supone el alta, caso LastFm, o por la selección, que en algunos casos no cumple criterio alguno, sino que se atiene a los contratos establecidos por las páginas con los sellos, estableciendo catálogos de música y no la especie de tablón de anuncios que era Myspace) permitían conocer nuevos grupos.

 

 

El caso es que, como si una mano invisible me hubiera dejado el recado en la libreta de tareas, entré en blogotheque.net para ver el proyecto del que tantas veces me habían hablado. Y vaya si resultó interesante. Lo que propone su creador, Vincent Moon, es un proyecto llamado Concerts à reporter (Conciertos para llevar) en que músicos, ya sean reconocidos o no, hacen pequeños conciertos en diferentes espacios públicos: metro, cafés, plazas…todo vale mientras no sea una actuación concertada. La finalidad de estas representaciones es grabarlas con la frescura que proporciona al sonido esa espontaneidad (aunque sea ciertamente preparada) con el único hilo argumental que supone la partida de los músicos de un lugar hasta el que actúan, y la pieza musical. No se precisa nada más. Estas grabaciones se suelen hacer aprovechando que algunos de los músicos – los que son ya de un nivel de reconocimiento alto – a continuación de esto tengan concierto en grandes salas, rompiendo doblemente los conceptos predefinidos que se tienen respecto a la música, ya sea por el directo, por el espacio donde se debe dar, por la calidad de la música que se supone que se puede oír en la calle, etc. Bendita contradicción. Se convierte en un experimento en el que, paseando por cualquier ciudad francesa (normalmente suele ser en París) uno se puede tropezar, por ejemplo, con Zach Condon (Beirut) en una plaza, junto a toda su banda entorno a un improvisado set de percusión compuesto por dos contenedores de basura y que, por el hecho de ser en la calle, no se le preste atención. Bendita incoherencia. O que a través de estos pequeños conciertos, músicos quizá no tan conocidos o accesibles tengan la posibilidad de dar a conocer la esencia de su música, ya no en directo o desenchufado, sino haciéndola tal cual es, visceral, sin adornos ni florituras. En fin, que cada uno juzgue como quiera, pero a mí me parece un milagro que, aunque nos pretendan ganar el pulso, gente inquieta siga reinventando maneras originales para poderse hacer escuchar.

 

 

 

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