La luminosa belleza de la Opvs Lvcis de Hilario Bravo
Alberto Campo Baeza
Como Le Corbusier ayudado por Picasso, o Villanueva por Goya, así me sentí yo aquel día en que me ayudó Hilario Bravo, el pintor.
Andaba yo en la última primavera montando la exposición de mis obras en la Academia de España en Roma, en San Pietro in Montorio. Había ya conseguido que los paneles que servían de soporte a las imágenes, fotografías, planos y dibujos volaran. Con un sencillo mecanismo que hacía que por medio de la luz y de la sombra, llegaran a flotar.
Sólo nos quedaba por situar una maqueta pesada que yo quería suspendida en el aire. Para ello la colocamos en el quicio de la puerta que enmarcaba el negro profundo de la oscuridad de la apagada habitación del fondo. Clavadas en las jambas, unas cuerdas soportaban en tensión la maqueta en el aire a la exacta altura de los ojos. El foco de la luz de lo alto arrojaba unos rayos precisos que hacían vibrar el espacio que la maqueta representaba. Pero las cuerdas por mor de la luz de arriba, también se veían. Y de repente se produjo el milagro. Apareció Hilario Bravo, el pintor, y con un botecito de pintura negra y un pincel hizo desaparecer en un santiamén aquellas cuerdas tras tocarlas con su divina mano. Borró la luz con su pintura y su sabiduría, y su arte. El espacio representado por la maqueta, y sólo él, lleno ahora sólo de luz precisa, se erigió volando en protagonista. El claro espacio iluminado flotando en la oscura profundidad.
¿Se imaginan a Le Corbusier ayudado por Picasso? ¿O a Villanueva por Goya? Así me sentí yo entonces con el honor que me hizo Hilario Bravo haciendo desaparecer la gravedad para que triunfara la luz.
Pues precisamente eso, hacer que la luz triunfe sobre la gravedad, hacer que la materialidad de la luz se nos muestre patente, es lo que de manera central persigue y consigue Hilario Bravo en esta deslumbrante exposición, Opvs Lvcis, con la que nos regala.
“La estructura de la estructura”, decía el hoy tan nombrado Le Ricolais. Lumen de lúmine nos decía el Credo con la luminosa certeza que presta la lengua latina. Luz de luz. Cada pieza de esta exposición de Hilario Bravo, y toda su obra, esa una reflexión de análisis profundo sobre la luz y a la vez manifestación de su gloriosa belleza. La evidencia de la lógica que en ellas late no va a la zaga de la luminosa serenidad con que nos alumbra. Y si es verdad que los lugares de exposición elegidos son fuera de serie, la basílica visigoda de Santa Lucía del Trampal o la Iglesia de San Benito, también es cierto que estas obras lo son. Tal para cual.
Apabullante hermosura de esas “Tres Flammae” traspasadas de blanquísima luz traslúcida. Cual si de las tres Gracias inflamadas en la luz que las abstrae se tratara.
Plácida luz congelada en la blanca “Fenestra” a la manera que lo hiciera Le Corbusier en aquellos divinos huecos de colores de la capilla de Ronchamp.
Arrebatada paz que nos comunica su “Corolla Lucis” que se nos aparece como coronas de una pasión con que pintor alguno haya nimbado en su pintura al Lumen de lúmine.
O las tinieblas profundas aherrojadas, ¡no temas oh luz! En esta saintexuperiana caja de hierro oxidado que es su “Interius/Tenebrae”. Imagina uno al principito huyendo despavorido tras poner so ojo inocente en el pequeño agujero de esa muy otra caja. Y volver a su feliz espacio luminoso.
Y, qué decir de la luz calma que se reposa en esa “Ara inter retia II”. Blanca caja que cual sagrado sagrario retiene ese aire vestido de hermosura y luz no usada de la que nos hablara el poeta.
Y es que la luz ha sido siempre, también, el tema central de la pintura, de los grandes pintores.
Los jardines de la Villa Medicis, esa maravilla que pintara Velázquez y a la que periódicamente revuelvo, es sobre todo un ejercicio prodigioso de luz. Como lo es toda su pintura (aquellas subidas de Alonso Cano desde Granada para hablar con el maestro del uso del color blanco para trasladar la luz a la pintura).
O ¿qué sino un ejercicio increíble de luz es “La familia de Carlos V” de Goya donde el maestro juega casi irrespetuosamente con la familia real para trazar, a sus anchas, sus grandes manchas de luz y de sombra? Como toda su pintura: luz, luz y luz.
Y ¿qué decir del tan querido por Hilario Bravo, Zurbarán y de sus crudas estameñas de donde la luz parece que no quiera ni moverse de quieta que está?
Pues es la luz, la luz dormida de Zurbarán, la brillante luz de Goya, la luz transparente como el aire de Velázquez, esa misma luz es la que atrapa para regalarnos con ella este pintor, que es de los grandes, Hilario Bravo. Y a uno, ante la obra poderosa de este maestro, Hilario Bravo, como al Saulo, del que él habla, ante la luz, no le cabe más que el caer derribado. ¡Ante tal derroche de tan luminosa belleza!
Bajo la luz fría de diciembre de 1996.
Catálogo Junta de Extremadura, diciembre 1996



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