Bloc de Poesía Experimental

Joan Brossa, también en Berlín

23 Agosto 2009 · 49 comentarios

Diez días en Berlín y Leipzig dan para mucho. Estar en estas ciudades del corazón de Europa hace que sientas lo que leíste en los libros de Historia. La puerta de Brandenburgo, por donde pasaron las juventudes hitlerianas; el Muro, del que se conservan restos por toda la ciudad; las torres de vigilancia que todavía quedan, los coches rusos, la arquitectura con ladrillo rojo, los camposantos con siete mil soldados soviéticos, el cruce de Mariannestrasse donde cayeron tantos que quiseron cruzar, y aquellos que lo lograron milagrosamente con un globo, las interminables redes de cables para los tranvías…, y la contemporaneidad con su mistura de razas: turcos, árabes, polacos, nigerianos…, en el barrio de Kreuzberg, la pequeña estambul, donde nos quedamos en un piso arrendado. Y Berlín con sus costumbres: moverse siempre en bicicleta, también por los barrios más chic, Savigny, con sus chocolaterías coquetas, o Prenzlauer Berg, con su aire parisino, y sus galerías de arte con propuestas a cuál más sugerente, la galería Cream o IB de Kolwitzstrasse, y otras tantas alternativas, como la Neue Galerie, la Berlinische Galerie o los cafés (o espacios más bien) con programa de performance o música. Una ciudad encantadora, donde nadie contamina, y en la que los adolescentes hacen en los parques sus guateques con luminarias y cervezas con trigo, cenas con salchichas y guitarras decoradas. (Y sin dejar basura, naturalmente). Qué envidia. No podían faltar sorpresas: una de ellas la exposición de Brossa en el Instituto Cervantes de Berlín, con un catálogo cuyo diseño asombra, y con una muestra de objetos e instalaciones magníficas. 

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semblanza de Antonio Orihuela

20 Mayo 2009 · Sin Comentarios

Mi querido amigo acaba de publicar su último libro de poemas: El corazón no duerme, libro discursivo, de altísimo “vuelo expresivo” (según García Jambrina), y de honda lírica hecha de retórica sencilla. Antonio es un mago de lo cercano. Es el inventor del espectroscopio: nos enseña a mirar. La poesía de Antonio es la de un arqueólogo de Moguer que se vino a Extremadura no en un Chagall, sino en un dibujo de Alberti con barcos y palomas. Todavía recuerdo que me presentó el año 95 el sobre de postales (titulado Cinco poemas experimentales) en el Corral de las Cigüeñas, en pleno casco antiguo de Cáceres, vestido como quien acaba de descubrir el sarcófago de un faraón, y que hablaba con vehemencia del grupo “fluzus” y de la época de los grandes caracteres. Luego vinieron el Congreso de Plasencia, las antologías, las visitas al estudio de Antonio Gómez, los talleres de poesía visual, las escapadas a México, donde conoció a Omar Pimienta (cuyos versos también publica ahora Littera), la piragua para el lago Proserpina junto al que vive con Mar y la pequeña Ángela. Antonio Orihuela es un poeta clásico: su pelo prematuramente blanco le da un aire de brahmán andaluz, el tono sereno, el gesto alado, su amistad sin fondo, su palabra medida. Y lo más importante, esa poesía de cosas cotidianas, tan profundamente zen, donde el espacio adquiere importancia, donde el orden de la arena, las piedras, el agua, responde a un modo, una conciencia, un estar aquí, con afán de armonía en la no objetividad, y al igual que en Juan Yepes, con un no sé qué que queda balbuciendo.

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