OPINIÓN. Tía Julita reflexiona sobre las cosas sencillas que reconstituyen el corazón |
Tía Julita. Lunes 23 de Enero de 2012 JARABE RECONSTITUYENTE PARA EL CORAZÓN El viaje comenzó muy temprano: nos separaban muchos kilómetros de nuestro destino, y por si fuera poco sabíamos de la niebla y el hielo con el que nos íbamos a encontrar. Teníamos un cierto temor, porque ya no nos gusta conducir y preferimos “que nos lleven y que nos traigan, como a las maletas”. Pero en este caso concreto, la solución era ir por nuestros medios y en nuestro coche. Bueno, pues adelante. Horas de carretera. Mi sueño… abro un ojo y pregunto casi sólo por cumplir: ¿vas bien? Me contesta que sí y vuelvo a caer en ese duerme-vela tan agradable. Y así hasta llegar. Un estupendo viaje: la niebla no era tan densa, el hielo no estaba, y el paisaje gris no impedía ver el brillo de la escarcha sobre la hierba y los árboles: un espectáculo tan conocido antes para nosotros y que ahora casi es un regalo por lo poco habitual. Llegamos. Todo tan recordado, tan querido y tan distante… Bien, regresamos a nuestras raíces. Hace la friolera de veinticinco años que nos fuimos del pueblo que tan bien nos acogió. Hoy volvemos, porque nos han llamado: la benjamina del grupo de maestras se jubila. Todas las demás, hasta un número de once ya lo estamos. Hemos quedado citadas en un céntrico bar. La incógnita: (¿Cómo estaré? ¿Cómo estarán? ¿Las conoceré a todas? ¿Me conocerán a mí?). No deja de ser divertido: resulta que comparándote con las personas que no ves hace mucho tiempo, es como te das cuenta de cómo estás tú. El espejo es muy relativo y muy benévolo. Pero la expresión de asombro-susto reflejada en unos ojos abiertos nos coloca en nuestro lugar sin ninguna compasión. Efectivamente, hemos cambiado. Pero nos conocimos al instante. Una de ellas, al abrazarme me preguntó: “¿Te das cuenta de que he encogido?”. Solté una sonora carcajada: “Bueno, yo pensé que tu abrigo de piel se había alargado…” Era un rebujito envuelto en pieles, tierno y caliente. Su pregunta tan directa e inocente me recordó detalles de nuestra convivencia en el colegio. Tiempos felices, de trabajo y amistad. De alegría. Faltaban horas en el día para hacer todo lo que se tenía que hacer: casa, trabajo, hijos, alumnos, compra, comida… Pero desde mi tranquilidad a la que no quiero renunciar, recuerdo esa actividad con un eco de admiración: pero, ¿cómo me daba tiempo a todo? Ahora soy más lenta. También disfruto más de lo que hago, porque tengo tiempo para hacerlo más conscientemente. Comida, fotos, conversaciones, regalos… Cosas sencillas, que abren el corazón. Hablamos de hijos, de nietos, de salud… Tenemos la suerte de estar todas sanitas... Con sus más y sus menos, pero bien. El colofón para mí no fue al final: sucedió por el contrario al principio, pero fue tan emotivo y bonito… Una antigua alumna, Sonia, a la que su profe cariñosamente y en términos coloquiales la llamaba “la refitolera” se enteró de que su maestra iba a estar a tal hora en tal bar: se presentó con sus dos hijos y la abrazó llorando de alegría. Los niños miraban boquiabiertos la escena y la madre les dijo algo así como: “ Es mi maestra. Hijos, a veces me regañaba pero a mí no me importaba, porque yo sabía que me quería. Y me hizo recordar a un antiguo alumno mío, que hace unos años me vió y al saludarme me dijo: “¿No me conoce? Soy su Serafín…” ( Cuando yo hablaba de él, le llamaba “ mi Serafín”, porque ése era su nombre. Un gitanillo rubio con unos preciosos ojos azules.) Y al que me encantó volver a abrazar. ¿No es cierto que vivencias así son un estupendo jarabe reconstituyente para el corazón? TÍA JULITA. Tía Julita:pincha en otros artículos para leer más de Tía Julita en caceresentumano.com:
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