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PARTICIPACIÓN. Víctor Manuel Jiménez Andrada "Exámenes finales"

Víctor Manuel Jiménez Andrada. 7 de junio de 2011

Exámenes finales

No es nada extraño que la primavera nos traiga días de cielos grises y lluvia, pero en esta época en la que esperamos, casi con impaciencia, la larga temporada de verano, se nos hace un poco incómodo tener que tirar de paraguas y manga larga. Estos días tienen cierto sabor a otoño, a octubre y noviembre, a castañas asadas y chimeneas encendidas. Sin embargo, no es más que un espejismo. Mientras que el otoño desemboca siempre en el frío y duro invierno, las lluvias de primavera son el preludio de los meses de calor.

Septiembre, en los últimos estertores del verano, vendrá con el aroma de principio de curso, de las gomas de borrar, de los lápices y de la tinta en los libros texto, recién salidos de imprenta. Pero ahora, solo bastarán un par de días de sol para secar la hierba y para acercar a los estudiantes a la temida época de los exámenes finales.

Tengo una dilatada experiencia en estas cuestiones, porque me he tirado estudiando un montón de años y me atrevo a afirmar, sin miedo a equivocarme, que principios de junio era la peor época. Sin tiempo para nada, las eternas jornadas de estudio llegaban hasta bien entrada la noche, en un intento, a veces vano, de recuperar el siempre añorado tiempo perdido. Algunas gestas fueron heroicas, como aquel examen del temario completo de biología que me preparé en un par de días, y otras campañas derivaron en desastre y en asignaturas para septiembre, como me ocurrió en más de una ocasión ya iniciada la carrera, cuando “el empujón del vago” no valía absolutamente para nada. Pero nadie escarmienta en carne ajena y ahora me veo recalcando a los estudiantes que tengo más cerca —mis hijos— las mismas consignas que los viejos profesores no se cansaban de repetirnos una y otra vez.

Sabios consejos, esos del trabajo y el esfuerzo diario, para llevarlos a la práctica, pero a veces es complicado y las cosas se van dejando hasta que la pelota se hace tan grande que no hay forma de digerirla. Así es la vida del estudiante, que, salvo raras excepciones, parece compensarle eso de ser cigarra para convertirse a última hora —en rápida y dolorosa metamorfosis— en una hormiga trabajadora.

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